El contraste es evidente cuando se mira a Europa. “En Estados Unidos, Canadá, y 10 países europeos la DMT está regulada. La Asociación Europea de Danza Movimiento Terapia trabaja por conseguir el reconocimiento profesional en el total de los 31 países que forman parte de esta. En España todavía falta ese reconocimiento institucional”, explica la psicóloga.
Aunque a nivel internacional se han establecido criterios comunes de formación y supervisión clínica, en España la disciplina sigue sin reconocimiento oficial, lo que la sitúa en ocasiones en un terreno ambiguo.
En la actualidad, es la Asociación Española de Danza Movimiento Terapia (ADMTE) quien, siguiendo los estándares europeos, garantiza el nivel de formación de los profesionales (nivel de máster de 120 ECTS), incluyendo las horas requeridas de terapia personal, formación continuada y supervisión clínica, y aporta una lista de especialistas acreditados.
Esta ausencia de regulación oficial no solo afecta a los profesionales, también a los pacientes, que si no conocen la asociación pueden carecer de garantías claras sobre la calidad de la intervención. La paradoja es mayor si se considera la rica tradición dancística española, que sin embargo no ha encontrado aún un espacio firme en la academia. “En España, ha sido muy difícil que la danza encontrase su espacio en el ámbito universitario, y aún hoy, su presencia es minoritaria. Cuando hablamos de una especialidad como Danza Movimiento Terapia, esto se hace aún más difícil”. Aquí aparece una problemática social de fondo, la dificultad para reconocer como ciencia lo que nace en la frontera entre arte y psicología. Al tiempo, la palabra danza parece remitir a una técnica concreta, a un aprendizaje de un estilo dancístico específico, cuando aquí de lo que hablamos es del movimiento creativo y espontáneo que puede surgir en un espacio de seguridad y confianza, y del conocimiento implícito que el cuerpo atesora.