Desde 2009 a 2022 hubo exceso de liquidez, fruto de una política monetaria marcadamente expansiva, que produjo una inflación de activos sin llegar entonces, todavía, a repercutir en la inflación de consumo.
Así, se abarató el crédito hipotecario, especialmente desde 2012, se produjo un efecto de desplazamiento de capital hacia activos inmobiliarios debido a la rentabilidad nula de bonos y depósitos, que derivó en el mencionado incremento de precio de los activos, en general, y de la vivienda en particular. Dicha inversión alternativa a bonos y depósitos se plasma de manera clara en la inversión en activos inmobiliarios debido a que la vivienda siempre es un activo refugio, y en un mercado globalizado la vivienda funciona como un activo financiero internacional más que como un bien de inversión local. Todo ello, fue conformando un incremento de la demanda.
Eso hace que desde 2009 y, sobre todo, desde 2012, los precios reales repuntasen con fuerza, con España como excepción en 2013 debido a la venta de patrimonio de las familias ante sus necesidades de liquidez fruto del fuerte desempleo que hubo en el mercado laboral español
Por otra parte, se unió una escasez de oferta, debido a las restricciones urbanísticas y medioambientales, así como a un stock existente en núcleos urbanos infrautilizado, debido al boom de las viviendas turísticas.
Ese incremento de demanda y esa escasez de oferta se mantienen hoy en día, de manera acrecentada. Así, se da una presión de demanda estructural alta en los polos de atracción de trabajadores (mercados urbanos globalizados), a lo que se unen, además, efectos demográficos y migratorios, como una disminución del tamaño medio del hogar y, especialmente, el incremento de población debido a los flujos migratorios, con un saldo de inmigración que supera holgadamente al de emigración.
La desaceleración o el estancamiento de los precios que empieza a observarse —con excepciones en los grandes mercados urbanos— responde a factores como la incertidumbre económica, la subida de los tipos de interés en los últimos años y la saturación de algunos mercados.
En este contexto, no se observa aún una caída significativa debido a la limitación de oferta, porque la demanda todavía mantiene cierta tensión alcista, aunque puede empezar a cundir el desánimo en los potenciales compradores, y porque los propietarios, de momento, no necesitan vender, sino que, además, tienen incentivo a esperar, por expectativa de crecimiento de precios. Sin embargo, en países como Alemania, debido a la crisis, sí se observa ya una caída de precios en términos reales. En el otro extremo se sitúa España, con fuertes incrementos en el precio.